Sustancias que nos sobreviven: las ciegas constancias del poema

Sustancias que nos sobreviven: las ciegas constancias del poema

 

De Guillermo Martínez González, Bogotá, 23 de junio de 2015

 

La poesía exige un conocimiento lento e intangible, sus dominios verdaderos pertenecen en última instancia a lo invisible,  a las percepciones del silencio.  En los transbordos del alba, en la página en blanco, en las fisuras del tiempo y en los paréntesis de eso que de manera torpe llamamos la realidad, de eso con que designamos el goteo menesteroso y utilitario de la vigilia, desata el sentimiento de lo perdido,  la nostalgia del paraíso, la turbulencia del destierro.

 

A todo aquello se refiere sin duda este aforismo de la última parte y que de alguna forma concentra el sentido secreto de Sustancias que nos sobreviven y constituye la brevedad de su Poética: “Vocación por compensar al mundo tiene la poesía. Allí aparece lo que acá se extingue. En la gruta del verso, la presencia del vacío”.

 

 Luz Elena Cordero, una de las jurados que concedieron a este libro el Premio Nacional de Poesía UIS 2014, señala de su lado, entre otros aciertos, el tono preciso de Sustancias que nos sobreviven para rescatar objetos concretos que sobreaguan en los intersticios de la disolución: “La poesía, como el sueño o la memoria, despierta las sensaciones que parecieran sepultadas en el olvido para devolverles su espacio y su tiempo, aunque estas duren un parpadeo o habiten en un verso”.

 

El libro de Alejandro Cortés con el rango del vuelo de la mariposa, fluye espontáneo, se llena de densidad sin aspavientos, está allí con el fulgor de las cosas, con su prolongación instantánea, su evocación exacerbada que nos remite a cada paso a su vacío, a su extinción. Las recupera porque ya no existen, o están a punto de desaparecer. Su ritmo sencillo es engañoso, se concentra en un punto ciego, en la unidad oculta del ser y no ser, de lo que creamos para sobrevivir, para obtener el respiro sobre lo que ya está amenazado por la nada: “La poesía necesita del vacío para habitarlo”, escribe de manera mucho más contundente, en otro de sus teoremas del final de Sustancias que nos sobreviven.

 

Los poemas de Cortés González inquietan porque no se sabe si las cosas gravitan sobre nosotros, nos entregan su alma y nos definen, o si, por el contrario, somos nosotros los que las convocamos porque nos salvan al establecer un equilibrio esencial que nos preserva de la nada.  De esa línea imprecisa entre el sujeto y las cosas, se abastece el texto, recupera por momentos la intensidad de la existencia, la libertad  que otorga lo gratuito, el canto del pájaro, el don de la unidad:

 

Acuérdate de mis zapatos de lona blanca

Te parabas en ellos y éramos la misma sombra

Aunque la suela fue desprendiéndose de la costura

tu pie nunca tocó el suelo.

 

Sustancias que nos sobreviven, habla de una infancia profunda anclada en la memoria y que se intenta recuperar contra el despojo. Por momentos se revive en los acantilados de la noche, de una realidad que muchas veces es brutal. Recuérdese por ejemplo aquel poema en el que las especies de la tierra y las especies del aire sólo se reúnen para las ceremonias sangrientas de la sobrevivencia, o aquel otro, escenario de pena, en donde la canción Home sweet home, recalca que la relación con el padre represivo es sinónimo de ausencia y despedida.

 

Y  habla no sólo una infancia perdida, sino un país sumido en el desarraigo, anclado en el abismo, invadido como una casa del dolor por el crimen:

 

                        Degollaron al ruiseñor y tú en tu cántiga

                        Mutilaron la flor y tú tan espina de crisálidas

                        Cosieron tu boca para el grito, no para el canto

                        En el filo que destaja al mundo suena un tambor de manos atadas

 

Te lloran el Rin y el Magdalena

                        Tu madre envejeció veinte años de lágrimas

                        Agua apozada en erizos de cuarzo

 

No en vano se menciona a Dios en dos o tres poemas, no sin una cierta y marcada ironía. Lo que subyace en el libro de una manera no estentórea, es la soledad radical del hombre, su condición de indigencia. Se invoca a Dios porque estamos  expuestos, en una especie de teología negativa que subraya el abandono, los terrores que no han desaparecido desde que aquel hombre remoto de la caverna sufriera las primeras confrontaciones de la realidad y la vida.  


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