De cómo escudriñar en una Estantería vacía para dar con las Sustancias que nos sobreviven...

De Luz Helena Cordero Villamizar, Bogotá, 16 de abril de 2015

 

 

Una colección de emociones, sensaciones y recuerdos se instala en la memoria y conforma eso que hemos acordado llamar alma. Un universo de objetos materiales e inmateriales compone nuestra vida y nuestro mundo. Entre el afuera y el adentro hay una frontera de niebla. No es más real la memoria que el sueño. Nada más verdadero, más nuestro, más real, que el pensamiento o el sentimiento. Fernando Pessoa lo dice de manera tajante: “la sensación es la única realidad”. La imagen no es menos cierta que el espejo. En un cuento de Yasunari Kawawata una mujer cuida a su esposo en su lecho de enfermo. En su espejo de mano ella le deja ver el reflejo del color del cielo, la imagen de la luna en el agua y todo cuanto sucede afuera. Pronto las imágenes se convierten en otra realidad más resplandeciente que la exterior y al final del relato el mundo reflejado en el espejo se fusiona con el real, el cielo del espejo brilla con más fuerza mientras que el otro aparece gris y nublado.

 

Tal es la sensación que me generan estas Sustancias que nos sobreviven, estos poemas en donde los objetos, ya se trate de los materiales o de los metafísicos, ya sean recuerdo o sensación, se toman las palabras no solo para representar sino para ser. Porque, citando a Alejandro Cortés, “el misterio de las cosas es consubstancial al alma del hombre” y “hablar de algo siempre será hablar de alguien”. Un zapato, un disco, una mandarina, un columpio, hablan de nosotros. Las cosas cuentan nuestra historia, perduran sobre lo que somos, aunque vanidosamente creamos que están a nuestro servicio. La casa sigue siendo la casa aunque dejemos de habitarla y seguirá siéndolo cuando dejemos de ser. Las cosas no solo nos rodean, nos definen. Por eso también puede ser trágico cuando esta especie de mapa de objetos desaparece, pues sobreviene el vacío. Alejandro lo dice así:

A nuestra casa

la que tiene en la ventana el cartel de una inmobiliaria

la rondan las demoliciones

la sobrevive este poema

y la habita

todo lo que perdimos.

 

La poesía, como el sueño o la memoria, despierta las sensaciones que parecían sepultadas en el olvido para devolverles su espacio y su tiempo, aunque estos duren un parpadeo o habiten en un verso. Estos objetos inmateriales, valga el oxímoron, llegan para quedarse y son la vida misma. Cito unos versos entresacados de esta estantería llena de sustancias, de sensaciones y de una iconografía poética:

 

La imagen de la noche antes del viaje

 

El tintineo del vidrio contra el hielo

 

Música silábica/ para piano de aire

 

El silencio tiene eco / y aturde

 

Poesía es lo que nos queda cuando las palabras vibran

 

Sacude un libro / y escucharás un pájaro

 

Si la soledad es vacío / no debería pesar tanto

 

Los poemas de Alejandro buscan traspasar la cubierta, el traje, la cáscara de las cosas. Su palabra puede acceder a ese otro respirar que es el sentido del mundo material que nos moldea, nos define y nos complementa. Porque Alejandro sabe que el alma de las cosas se llama poesía.

 


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