De Pero la sangre sigue fría (2012)

  • Poesia

La noche presentida

 

El reptil sabe que su estela mesozoica

tiene la edad del poema;

el poema no olvida que por la osamenta de sus letras

crece la agrura del reptil.

El saurio,

el lagarto,

el monstruo rara vez emergido

de las catacumbas de mares e inframundos,

advierte en sus pisadas la tinta del poema.

Desde el primer día carga el llamado a la extinción.

Escapista de paso discreto y ausencia estrepitosa,

un puñal y una huida.

Conspirador de recuerdos,

coleccionista de olvidos.

 

El poeta es una herida abierta en el tejido del mundo,

un ciudadano de la memoria que siempre está de paso,

un reptil que construye, sobre la ruina de los días,

su mórbida perpetuidad.

Presiente la noche.

Deberá disculparse por sus silencios,

y cruzar mares,

para grabar de banderas su epitafio.

 

 

Osamenta del agua

 

Tiene la lluvia la facultad de hacer más pesados los zapatos y más livianos los suelos.

Unido a su paraguas uno es un mismo esqueleto

del que cuelgan carnes y telas enfermas de agua.

Así lo entiende el relámpago cuando ataca.

 

Mi paraguas no es más que una sombrilla moribunda

que con sus faldas levantadas advierte los huesos.

Usarla me avergüenza ante el granizo,

olvidarla me apena ante el desconocido.

Y con vergüenza,

dejo que el entendimiento se diluya en la canción del agua contra las telas.

 

Mis pasos ya no son pesados,

los suelos entienden las metáforas del aire.

Y entre tormenta y tormenta,

me siento un poco más lluvia,

me vuelvo un poco más hueso.

 

 

El primer oficio del día

 

Poesía es un desempleado que lleva a un niño al colegio.

La mano que protege y la mano que redime,

se unen y se transmiten silencios.

El niño no habla de los libros que le faltan.

El adulto no habla del empleo que no ha conseguido.

La poesía es omisión.

La calle, un río crecido.

Antes de cruzarla se aprietan las manos con más fuerza,

para que nunca se vayan a soltar.

Poesía es un desempleado que lleva a un niño al colegio.

Es la fábrica ausente,

es el libro no leído.

 

Poesía es caminar de la mano con la promesa de nadie.

 

 

Título de propiedad

 

A la barca abandonada

un hilo de cuerda la amarra al mundo.

El agua que la mece y la duerme,

es el agua que la desmiembra.

Lo que queda de barca

no se decide a ser lago ni orilla;

solo un cuerpo enraizado de cabuya que,

mientras se rompe,

oscila

y espera,

oscila

y espera.

 

El abandono es propiedad de la deriva.

 

 

Jurar en vano

 

Mi padre miraba como si quisiera cortar algo con los ojos. Yo lo veía afeitarse: la espuma blanca como rabia de perro cediendo al paso de la cuchilla. Una vez se cortó escuchando un chiste en la radio; esa risa ensangrentada, y luego la toalla manchada sobre el lavamanos. Los ojos ocultaban sus intenciones en las grietas del espejo. El barco de Rimbaud sumergido en su blanco cuerpo ocular. Juró nunca heredarme algo: nada de bienes, nada de caricias de borracho, ni siquiera la alopecia, ninguna dipsomanía extraña. Sin embargo, ahora veo su cara cuando me afeito. Está apaciguado, distante, con la risa de sátiro escondida entre las rendijas de un espejo roto.

 

 

Ornitología nocturna

 

A las aves que vuelan de noche no les gustan las bienvenidas.

Habitualmente, llegan cuando uno entra en el clímax

de las palabras malogradas,

aguardan a que otro que vive dentro de uno

empiece a invocarlas.

 

Otras veces, uno las espera por horas,

pero apenas tiene difusas noticias de los vientos que las pueden traer hasta acá.

En tanto, se prepara un nido plácido

con vino añejo y galletitas de vainilla,

pero así son las visitas de un país sin geografía.

Uno finge mirar para otro lado,

las escuda en miles de odiseas;

solo el cielo sabe en qué lupanar etéreo acicalan sus miserias.

 

Al levantar la mano derecha, un coro de lobos comienza su sinfonía,

atacan los excusas que nos quedan

acerca del retraso de estos plumíferos sinvergüenzas;

al bajar la mano, ellos callan,

y quedan en el fondo los pasos vacíos de todas las avenidas.

 

Estas aves no obedecen a los estudios de los ornitólogos,

no migran a tierras cálidas para su apareamiento.

Cuando son invocadas de día,

vuelan sobre los impetuosos

y nos cagan a carcajadas.

A veces tienen cantos poco confiables,

como si nos dijeran que las esperáramos para almorzar,

pero uno ya sabe que prefieren los lugares despoblados,

agrietados por baños de luna,

para alimentarse, fornicar y abandonar sus huevos.

 

Uno no se cansa de ponerles trampas,

de estudiar sus comportamientos,

a sabiendas de la profunda desolación

que deja saber tan poco sobre ellas

al final de cada jornada.

 

Y llega el punto en que se decide abandonarlo todo,

y uno grita con una voz enmohecida

que ya no las espera.

Que uno está despierto en la madrugada con un nido de vino y galletas

por el simple placer de desvelarse,

que se pueden devolver al maldito pantano de donde salieron,

que uno ya aprendió a vivir sin ellas,

que uno dejó de ser uno

y aceptó convertirse en uno de tantos mortales

que de día solo hacen filas y pagan impuestos.

¿A quién le interesa un pájaro agorero con horario de meretriz,

capaz de abandonar sus huevos a algún insomne

para que termine sus versos?

 

Cuando salga el sol me exultaré en su presencia

y le diré que el reino de la luz,

el de los horarios de oficina,

el de los niños de colegio,

por fin me ha recuperado.

Que las noches no volverán a mantenerme en vela

con sus escandalosas pisadas de gato,

y que desde hoy renuncio a la tortuosa tarea…

 

Un momento.

Algo picotea mi ventana.


Volver