De "Notas de inframundo", chapitre VI

Los fines de semana y las noches después del trabajo se me iban practicando los ejercicios de gramática e interpretación musical de los manuales. También compraba fotocopias de partituras y sacaba cuanto tema me diera la gana. Mi gran orgullo del momento: haber sacado completa Anesthesia de Metallica. Al poco tiempo empecé a inventarme canciones. No sabía de qué género eran pero me gustaba cómo se sentían mis dedos cuando las tocaban. El estar todo el tiempo encerrado haciendo bulla con un aparato que me costó seis meses de ahorro, preocupó a mi mamá. “Día y noche escuchando ese ruidajo, por eso es que no hace nada en la vida. Qué tristeza haber perdido la pujada con usted. Despierte Leo, vea que en esa empresa lo pueden ayudar a ser abogado”. “Mamá, para ser bajista se necesita tener un talento, para ser como mi jefe se necesita no tener ninguno”. Los vecinos no tardaron en notar el sonido de mi bajo a pesar de que lo tocaba con poco volumen, sus bajas frecuencias penetraban todas las estructuras. “Ese muchacho va a acabar con la casa”. Era normal escuchar ese tipo de denuncias en un pueblo tan tradicional como Chía. Su plaza, su iglesia, su arquitectura colonial, poco a poco se vieron atropelladas por síntomas clandestinos de choque cultural, como el sonido de mi bajo o el de algunas guitarras eléctricas. A esto le siguió la aparición de un bar sin nombre dedicado al rock pesado y la instalación de una tienda de tatuajes a una cuadra del marco de la plaza. Justamente en la vitrina de esta tienda, encontré un clasificado: Se buscan bajista y baterista con instrumento para banda de metal. Proyecto serio. Llamé y me citaron a un ensayo en la terraza de la tienda de tatuajes. El tatuador me ayudó a subir el amplificador. La tinta de sus brazos y las perforaciones de sus orejas eran un catálogo de su negocio. Resultó tener experiencia como vocalista en bandas de Zipaquirá y Bogotá. En la terraza me presentó al guitarrista, un tipo delgado, como de mi edad, que desde niño había estudiado guitarra clásica y daba clases de música en la alcaldía del pueblo. Me ofreció una botella de vodka recién comenzada, como señal de que nos íbamos a entender muy bien. Hemos compartido discos, cables, partituras –a él le debo mis conocimientos en teoría musical- y hasta a la flaca aquella. Tenían la idea de armar una banda con una ideología propia de nuestras raíces indígenas. Vivíamos en un pueblo tradicionalmente muisca, es más, hasta el nombre era un vocablo que significaba luna, teníamos todo para ser los abanderados de un mensaje musical nativo latinoamericano. El vocalista leía mucho sobre los chibchas y su etnia muisca, incluso propuso que las letras fueran escritas en español y chibcha, a diferencia de los muchos grupos colombianos que cantaban en inglés. Como si fuera poco, el tipo sabía tocar la zampoña. Escuché algunos riffs tocados a guitarra eléctrica y zampoña, en verdad sonaban pesados evocando ese aire indígena. Así comenzamos a producir una banda de metal redentora de nuestras raíces, tanto en lo ideológico como en lo musical. Los noruegos tenían bandas de metal fusionadas con su folclor, así mismo los rusos y los alemanes, ¿nosotros por qué no? Acaso por la vergüenza generalizada hacia nuestros ancestros indígenas, como si ellos hubieran sido peores que los ladrones, asesinos y prisioneros que enviaron de Europa para acabar con nuestra verdadera cultura. De lo único que puede ufanarse alguien que presume de su apellido europeo, es de haber tenido un antepasado preso o corrupto. Ya estaba tan entusiasmado con la idea de la banda y tan orgulloso de mis raíces chibchas, que de inmediato me sentí parte del proyecto. El siguiente paso fue terminar de armar la banda. Durante la semana nos intercambiábamos música. El vocalista pasaba bandas de black, death y folk europeas, junto con música indígena. El guitarrista pasaba nuevas bandas de rock progresivo y experimental, donde se escuchara un buen trabajo de armonías. Yo les aportaba los clásicos del rock y heavy de los setentas y ochentas, para que en nuestra búsqueda no perdiéramos la esencia. Los viernes y sábados en la noche después de ensayar, nos reuníamos en alguna de las plazas del pueblo -casi siempre era en la que quedaba al lado de la iglesia-, comprábamos una caja de vino o una botella de vodka y hablábamos por horas de las influencias musicales y de los descubrimientos de cada ensayo. También nos contábamos una y otra vez las diferentes versiones de cuando Grishnack mató a Euronymous. Nos divertía la forma como los pobladores nos veían, parecían contemplar una aparición, y no era para menos porque éramos tres peludos vestidos de negro -uno de ellos lleno de tatuajes- bebiendo, fumando y riendo. Esa escena, para los campesinos que salían de misa de siete los primeros viernes de cada mes, era fantasmagórica.

 

“Necesitamos empezar a ensayar con baterista”. “¿Pero quién? En este pueblo nadie tiene batería y el único que respondió al clasificado que colocamos fue Leo”. “Sería conseguir alguien de Bogotá que viniera hasta acá a ensayar”. “Nadie lo va a hacer”. “Es verdad. Nadie”. “Entonces qué hacemos, si en este pueblo lo más cercano a una batería es la banda de guerra”. “Yo le doy clases de guitarra a la hermanita de uno de los que toca el redoblante en la banda de guerra. Ella me cuenta que a su hermano le gusta el rock pesado”. “Pues hablemos con él”. “¿Y si no tiene batería?”. “Después vemos, primero averigüemos si le interesa tocar con nosotros”. “Sí. En este pueblo no se pueden buscar músicos como en Bogotá, nos toca formarlos”. “Qué mierda”. “Marica, no reniegue del pueblo. A mí me parece mejor porque significa que acá somos pioneros mientras que en Bogotá somos uno más”. En eso, el vocalista tenía toda la razón. Buscamos al tipo de la banda de guerra y le sonó la idea. La buena noticia era que sí sabía tocar batería. La mala, que no tenía instrumento, sin embargo, para los primeros ensayos, nos armamos una batería con los tambores de la banda de guerra, a escondidas del director. Dos semanas después, con la banda más acoplada, los cuatro nos volvimos a reunir a beber en el marco de la plaza, justo antes de terminar la misa de siete. Estábamos pensando en buscar a otro guitarrista para que la banda tuviera más opciones en armonías y no sonara tan vacía en los solos de guitarra. El baterista propuso que buscáramos mejor un tecladista porque bandas con dos guitarras habían muchas. Además, las diferentes voces del teclado podían apoyar mejor a la zampoña para crear las atmósferas indígenas que buscábamos. “Entonces consigamos otro guitarrista y un tecladista”. “El sonido de dos guitarras con distorsión más el teclado, no lo manejan bien en un concierto en Colombia. La banda en la que cantaba en Zipaquirá tenía dos guitarras y un teclado y nunca sonó bien en vivo. No se entendía nada”. Otra vez, la voz de la experiencia del vocalista, se escuchó. No habían muchas opciones de tecladista en Chía. Al terminar la misa de ocho –la última de la noche-,entramos a la iglesia. La gente nos miraba como si fuéramos excomulgados, en cambio el sacerdote puso cara de padre recibiendo al hijo pródigo.  El coro cantó Juntos como hermanos, miembros de una iglesia (…) y se acabó la misa. Los coristas se fueron con sus panderetas mientras el de los teclados guardaba su instrumento. Lo invitamos a un ensayo y desde entonces ha tocado con nosotros. A los tres meses abandonó el canto en las misas por voluntad propia, nunca se lo sugerimos. Ahora tiene el pelo más largo, el oído más abierto y sigue comulgando con pan y vino, pero de este lado de la iglesia. Así se armó una banda de metal del pueblo. En la voz gutural y la zampoña: el tatuador. En la guitarra: el profesor de música. En la batería: el redoblante de la banda de guerra, que además estudiaba biología marina. En los teclados: el del coro de la iglesia, que también era el técnico electrónico del pueblo, arreglaba desde los cables de la guitarra hasta el horno microondas. Y en el bajo: el tipo de la panadería, ese que atendía en LeoPan. 


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